La anestesia es definida por algunos como “el procedimiento
por el cual se produce un estado en el que la cirugía puede ser tolerada”. Pero en general se exige que debe incluir
al menos estos requisitos: producir amnesia (incapacidad de recordar lo
sucedido), analgesia (suspender la sensibilidad ante el dolor), hipnosis
(inconsciencia) e inmovilidad.
La combinación de fármacos permite reducir las dosis de cada
uno de ellos y así limitar los efectos secundarios. Sin embargo, la mayoría
–por diferentes que sean– llegan por sí solos a producir todos los efectos
necesarios en una anestesia.
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| Foto: Fotolia |
¿Pero por qué funciona? Se
pensaba que había un mecanismo que explicaba el efecto de la anestesia, tomó el
nombre de ‘teoría lipídica’. Parecía haber una gran correlación entre la
potencia de los anestésicos y su solubilidad en aceite. Por ello se admitió que
los fármacos se disolvían en la membrana de las células nerviosas –formada por
una doble capa de grasas–, y una vez allí alteraban su funcionamiento global y
daban lugar a toda la plétora de efectos de la anestesia general.
La teoría se convirtió en un paradigma. Como
afirma Misha Peouansky, profesor de anestesiología en la Universidad de
Wisconsin, “los paradigmas deben probar
que tienen cierta utilidad en algún momento para llegar a aceptarse, pero con
el paso del tiempo y sin que se produzca una evolución, también pueden obstaculizar
el pensamiento creativo”. Por eso, él mismo se pregunta: “¿La búsqueda de
un mecanismo único para la anestesia ha sido fruto de un acumulo progresivo de
conocimiento, o ha sido simplemente el resultado de un implícito, subconsciente
e inflexible paradigma?”.
Más bien esto último. Pasó más de un siglo hasta que se
demostró que hay cambios en la temperatura que también alteran las membranas
celulares, pero no producen anestesia. O que los anestésicos podían
actuar sobre proteínas específicas inmersas
en la propia membrana de las células nerviosas; un hallazgo que supuso una
revolución.
La historia de la anestesia
comienza con una circense casualidad. En 1844, Horace Wells, un joven dentista
estadounidense, decidió acudir a un circo ambulante que pasaba por Boston. Una
parte del espectáculo se basaba en el óxido nitroso, el gas de la risa, y en
todo lo que era capaz de provocar en los inocentes voluntarios. Uno de los participantes tropezó mientras
corría alocado y feliz por el escenario, y se hizo un profundo corte en la
pierna. Lejos de detenerse o gritar, continuó corriendo y riendo poseído por el
momento, como si nada hubiese pasado. Ese gas podía ser la
solución al sufrimiento de sus pacientes. Habló con Gardiner Colton, el
responsable del espectáculo y químico de formación, y, tras inhalar una dosis
de óxido, se dejó extraer a sí mismo un diente. Y no sintió dolor, aseguró.
Tras probar con éxito el óxido nitroso en otras personas, fue llamado para una
demostración pública en el Hospital General de Massachusetts (MGH, por sus
siglas en inglés). Pero algo fue mal. Justo cuando empezaba a extraer una muela
al elegido, este comenzó a agitarse, dando gritos desesperados. No se
sabe si fue un error en la dosis o quizás en la administración.
Tres años después, humillado, retirado y alcoholizado, Wells se suicidó. William Morton continuó la investigación, aunque con éter, en vez de con óxido nitroso. Morton también fue invitado al MGH y, a diferencia de Wells, sí triunfó. No pudo ver que, años más tarde, como el propio Gardiner Colton, el químico del circo ambulante, se asoció con otro dentista y demostraron también la eficacia del óxido nitroso; y que luego vendrían el cloroformo, el halotano y el más reciente y más inocuo isofluorano; que paralelamente se desarrollarían los anestésicos intravenosos: los opiáceos, los barbitúricos, el propofol y los relajantes musculares. Hoy todavía, el mecanismo de acción exacto de todos ellos permanece aún desconocido.
Tres años después, humillado, retirado y alcoholizado, Wells se suicidó. William Morton continuó la investigación, aunque con éter, en vez de con óxido nitroso. Morton también fue invitado al MGH y, a diferencia de Wells, sí triunfó. No pudo ver que, años más tarde, como el propio Gardiner Colton, el químico del circo ambulante, se asoció con otro dentista y demostraron también la eficacia del óxido nitroso; y que luego vendrían el cloroformo, el halotano y el más reciente y más inocuo isofluorano; que paralelamente se desarrollarían los anestésicos intravenosos: los opiáceos, los barbitúricos, el propofol y los relajantes musculares. Hoy todavía, el mecanismo de acción exacto de todos ellos permanece aún desconocido.
Como afirma la médica
Luzdivina Rellán, anestesista en el Hospital de A Coruña, “actualmente se usa una combinación de fármacos, que pueden variar
ligeramente, pero que suelen utilizarse en un orden ya preestablecido”.
Primero, anestésicos intravenosos: el propofol (un sustituto moderno de los
barbitúricos) para sedar al paciente; un analgésico como el fentanilo
(sustituto moderno de la morfina) y un relajante muscular. Solo entonces
comienzan a utilizarse los anestésicos inhalados, versiones actualizadas del
éter y el óxido nitroso.
Fuente: Agencia SINC
Fuente: Agencia SINC

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