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| Fotografía: Pixbay. |
Las criaturas con un cerebro grande pueden desarrollar e
innovar su comportamiento para enfrentarse a nuevos desafíos. Esto les hace
mejores supervivientes en ambientes cambiantes. Sabido esto podemos pensar que
el cambio ambiental que produce el ser humano puede beneficiar a este tipo de
seres, pero no es así. Un cerebro más
grande conlleva más gasto energético, lo cual limita la capacidad de respuesta
reproductiva ante cambios ambientales.
Esto es lo que ha venido a demostrar un estudio del CSIC
publicado en Evolution. En él se
establece una relación entre el tamaño del cerebro de muchos mamíferos con su
grado de amenaza indicado por la Unión Internacional para la Conservación de la
Naturalez. “Por supuesto, animales más grandes tienen cerebros más grandes,
pero al estudiar el tamaño del cerebro en relación al tamaño corporal hemos
observado que se encuentra una relación contraria a la que sugerían los
estudios previos: un mayor tamaño relativo del cerebro está asociado con un
mayor riesgo de extinción”, explica Eloy Revilla, investigador del CSIC en la
Estación Biológica de Doñana. “Sin embargo, esta relación entre el tamaño del
cerebro y el grado de amenaza no es directa. No es que los animales con mayor cerebro sean más perseguidos o
respondan peor a los cambios ambientales” matiza Revilla. “Lo que sucede es
que el cerebro es un órgano muy caro de mantener. En los seres humanos, el cerebro representa un 2% de la masa corporal,
pero consume el 20% de la energía. El mayor tamaño del cerebro lleva a
costes adicionales que impactan muchas características de la vida de las
especies y dilatan su desarrollo: se alarga el periodo de gestación, se retrasa
el destete y, por tanto, se aumenta el periodo de dependencia de la madre y las
camadas son menos numerosas. Todo esto hace que sus requerimientos energéticos
sean más difíciles de satisfacer y que su capacidad de respuesta demográfica
ante cambios ambientales sea limitada”, concluye.
Para realizar el estudio se han repetido análisis en grupos
de los cuales se disponía mayor información. En todos los casos se ha observado
el mismo patrón. “Estos resultados sugieren que, en las condiciones actuales,
las restricciones impuestas por el tamaño del cerebro son mayores que sus
beneficios potenciales. Así, las
actividades humanas pueden estar cambiando las fuerzas selectivas que durante
millones de años han estado llevando a una tendencia a incrementar el tamaño
del cerebro”, indica Revilla.

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